sábado, 15 de julio de 2017

Las razones del Premio Nobel que critica a las farmacéuticas y a los “antitransgénicos”

El diario El País publicó ayer una entrevista con el biólogo molecular británico Richard J. Roberts (Premio Nobel de Medicina en 1993). Es un científico muy conocido por criticar a la industria farmacéutica y al mismo tiempo al activismo contra los alimentos transgénicos y la parte de la industria biotecnológica que los impulsa. 

El galardonado investigador critica a las farmacéuticas por algo que no por obvio es necesario recordar, que esa industria no desea tratamientos que curen sino que se consuman a poder ser de manera crónica.

La medicina hoy gira en torno a los medicamentos, sí. Aquí su respuesta al periodista:
Critico que la industria diga que quiere curar enfermedades cuando no lo hace porque no es negocio. Durante años se han intentado parar investigaciones que desmienten ciertas cosas. El mejor ejemplo es la Helicobacter pylori. Barry ­Marshall y Robin Warren descubrieron que esa bacteria causaba las úlceras, no solo el ácido.

La industria intentó eliminar la investigación. De haber medicamentos que acabasen con las células cancerígenas por inmunoterapia, serían muy difíciles de comercializar: si detuviera el cáncer del todo tomándolo dos o tres veces, ¿dónde estaría el dinero? A la industria le interesa más tratar de parar el avance del cáncer que eliminarlo”.
Lo que le llevó a conseguir el Premio Nobel a Roberts fueron sus descubrimientos sobre la estructura del ADN que han resultado básicos para el conocimiento de la biología y de la evolución, así como para las investigaciones orientadas a la búsqueda del origen del cáncer y de las enfermedades hereditarias.

Los hallazgos sobre los genes constituyen uno de los fundamentos de la floreciente biotecnología actual y de hecho, como nos cuenta El País, Roberts es director de investigación de la empresa biotecnológica New England Biolabs, en Massachusetts (EE.UU.).

En el titular, un tanto agresivo, el británico indica que le parece “criminal” que se siga diciendo que los transgénicos son peligrosos. Basa su argumentación en que
desde que comenzaron a utilizarse hace 30 años no ha habido ningún problema con los transgénicos“.

Para este científico, en cuanto a alimentos transgénicos: “la tecnología es perfectamente segura“. Pero las cosas no son tan fáciles, blanco o negro y existen muchos matices. La crítica a los alimentos procedentes de la biotecnología o “de laboratorio” no es sólo por cuestiones de seguridad, hay mucho más.

La seguridad es un aspecto muy importante. Cuando Gilles-Eric Séralini publicó por primera vez en el mundo una evaluación del impacto en la salud de un producto transgénico y un pesticida (hecho de manera más amplia que la realizada hasta entonces por los gobiernos y la industria), los resultados fueron alarmantes: tumores del tamaño de una pelota de ping-pong detectados en ratas alimentadas con maíz transgénico.

Ello, no obstante, desató una de las mayores campañas de “fábrica o siembra de dudas” de la historia para minimizar el impacto que a su vez el descubrimiento del francés tenía en la opinión pública. Es decir, se intentó denigrar el trabajo del equipo de ese profesional con contrainformes y opiniones de otros profesionales del ámbito que lo desacreditasen (como puede verse en ese mismo enlace que de arriba).

Con todo, el tema de la seguridad, no es el único, como explico. Por estas fechas del año pasado, el propio diario El País ofrecía una tribuna a Pablo Manzano Baena, doctor en Ecología y experto en el manejo de ecosistemas que ha trabajado para la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Este especialista explica que
los transgénicos son una amenaza para la biodiversidad. Mayoritariamente, los de las grandes corporaciones se utilizan junto con herbicidas generalistas. Así logran exterminar cualquier planta que no sea la modificada, la que ellos cultivan, creando sistemas agrícolas menos biodiversos e incapaces de mantener insectos u otras especies que se alimenten de ellos, como son muchas de las aves esteparias amenazadas en España (alondras, avutardas)”.

Es decir, los alimentos transgénicos no sólo son potencialmente peligrosos para la salud humana sino que favorecen la conversión de grandes extensiones de terrenos en “desiertos verdes”, campos de color esperanza donde casi la única vida que existe es la de un monocultivo, de soja transgénica por ejemplo, como tuve ocasión de conocer in situ hace unos años en la zona de la Pampa de Argentina.

Estos “desiertos”, espacios de muy baja biodiversidad, van acompañados de explotación laboral, desigualdad económica, intoxicación del medio rural y de las personas por el gran uso de productos agrotóxicos (como el conocido herbicida glifosato) que ha de hacerse, enfermedades relacionadas con esa intoxicación, etc.

Son cultivos-negocios muy interesantes para las grandes compañías que los promueven, por lo general, pero muy poco edificantes para la población local, su salud y la del medioambiente en el que se desenvuelven.
Allí donde se instalan estos cultivos el campesinado tradicional merma. Y con él su riqueza biológica y cultural, la variedad de semillas y técnicas de cultivo que es capaz de manejar dicho sector de la población cuyo conocimiento es milenario en muchas ocasiones (los campesinos pierden control sobre los medios de producción y se empobrecen, quedan a la deriva en un mercado en el que van perdiendo su sitio.

Ello puede acompañarse de épocas de cierta prosperidad pero a la larga suele conllevar pobreza e inmigración).

Esto es especialmente crítico en tiempos de cambio climático como los que vivimos porque como explica Manzano:
implica perder toda ventaja de las variedades locales de adaptación al clima, suelo o plagas de un lugar dado, compensable sólo con más pesticidas y fertilizantes, que son perjudiciales para el medio ambiente y además muy caros. Las consecuencias se ven en la aplicación del Tratado de Libre Comercio (TLC) norteamericano: el maíz subvencionado de EE.UU. desplazó la producción autóctona mexicana, aumentó los costes ambientales y amenazó variedades del centro mundial de diversidad de maíz”.

Tampoco se puede obviar que la mayor parte de los alimentos transgénicos son para alimentar ganado. Habida cuenta del abuso en la ingesta de carne y las enfermedades que ello conlleva es como para planteárselo.

Por todo ello, los alimentos transgénicos no son un producto más del cual sólo debamos preocuparnos por su seguridad sino que conllevan un modelo agroganadero industrial y global propio, concreto, que se muestra como una amenaza en tantos frentes como vemos (y algunos que faltan por no extenderme más, mejor leer hasta el final el artículo del ecólogo que cito).

Creo que el trabajo de Roberts es admirable y en muchas cosas lleva razón pero en el ámbito de los transgénicos, quizá por esa superespecialización que tiene, los árboles le impiden ver el bosque de un modelo agroalimentario erróneo como el que se trata de imponer en el mundo hoy.

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Miguel Jara

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